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Sobrevivientes

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“Y llega mayo y el silencio se mide por cuadras/ que cuenta la gente mirando hacia atrás/ Llega mayo y las heridas son fotografías/ caras tristes o alegres de eterno mirar/ (…) A los que engrasan las bisagras de la noria/ para que todo siga igual/ pequeños asnos abrigados detrás de un planteo político/ teórico de la pacífica con metafísica y paraguas/ o parleros de la violenta/ chantas, turros: sobrevivientes”

Las estrofas de arriba pertenecen a la canción de Rubén Olivera “Sobrevivientes”. El cantautor uruguayo termina su canción con versos del poema de Juan Gelman “Muerte de Emilio Jáuregui”, dedicado al periodista asesinado por la represión argentina en 1969. La palabra “sobreviviente” entonces es resignificada, ya no se habla de una víctima que ha logrado sobrevivir, sino que se la utiliza como un insulto dirigido a alguien que “no estuvo a la altura de su supervivencia” en palabras de Olivera a Débora Quiring (La Diaria, 2/9/2016)

Y sobrevivientes son, también, Nina, Mariana y Carmen, las tres protagonistas del espectáculo Medusa, dirigido por Cecilia Caballero. La obra, escrita por la chilena Ximena Carrera, comienza sin mayores preámbulos, enfrentando al espectador con la convivencia de las tres mujeres en una casa que parece “normal”. Pero también desde el principio percibiremos algo extraño, sonidos que se oyen como amenazas, una convivencia que resulta forzada, una sensación que paulatinamente iremos reconociendo como de encierro. El aparato telefónico, mediante el cual Carmen habla regularmente con su hijo, ubica naturalmente a la obra entre los años setenta u ochenta. Estamos ante tres mujeres secuestradas por militares en el contexto de las dictaduras del Cono Sur.

La autora se basó en una situación real, tres prisioneras que doblegadas mediante la tortura, empiezan a colaborar con los militares señalando, a veces apenas mediante la mirada, a militantes de izquierda. Esas miradas, en operaciones denominadas “poroteo”, se traducían en el secuestro, la tortura y la muerte del señalado. De esa situación es que toma el nombre la obra, aludiendo al mito de la criatura que convertía en piedra a quien miraba. El espectador interesado puede encontrar bastante información, en particular sobre Marcia Alejandra Merino Vega, “la flaca Alejandra”, ex militante del MIR salvajemente torturada en centros clandestinos como Villa Grimaldi.

Alejandra aparece en Medusa como Mariana, que interpretada por Elaine Lacey parece ser quien más sufre las contradicciones de su accionar, quien más consciente es de las consecuencias morales detrás de los “privilegios” que ha obtenido saliendo del “gallinero”. Pero hay que tener cuidado en trasladar las referencias históricas de la obra con la acción que transcurre ante los espectadores. Ximena Carrera parece particularmente interesada en indagar en los vínculos que se generan en esa convivencia forzada, en la mutua dependencia que las tres mujeres establecen entre sí. Si Mariana está atravesada por contradicciones, Carmen es mucho más pragmática, tiene un hijo y familia que lo tiene a cargo, por lo tanto las consecuencias de su actividad pasan a segundo plano en tanto logre mantener con vida a su familia. Nina, en cambio, simplemente no quiere morir, como lo dice explícitamente. Pero más allá de las diferencias con que cada una intenta resolver sus contradicciones, las tres dependen mutuamente una de la otra. Un intento de fuga o una acción sospechosa de cualquiera de las tres repercute en las demás. El nuevo encierro se establece bajo un férreo control ejercido no solo desde afuera, sino por ellas mismas. La perversión de la situación es hábilmente explorada por el quipo de creadoras haciendo que los límites se difuminen. Lo único cierto es el terror, el miedo a la tortura o a la muerte.

La obra juega en un terreno realista, la música y el diseño de luces aparecen para subrayar los momentos de tensión generando un crescendo dramático que nunca llega al clímax, lo que potencia la sensación agobiante y angustiante. Las tres actrices abordan sus creaciones como lo sugieren sus personajes. El pragmatismo de Carmen se traduce claramente en la actuación de Virginia Farías, quien solo se inquieta ante noticias referidas a su hijo, y esto mismo le permite bloquear, al menos exteriormente, cualquier consecuencia que surja de su accionar como delatora. Nina, a cargo de Andrea Rodríguez, parece la criatura más ingenua, la que se enroló en la militancia con menos consciencia de lo que implicaba. Y Elaine Lacey sorprende con una actuación que deja entrever una suerte de ensoñación constante, su Mariana parece estar viviendo en una zona pesadillesca que solo se aclara ante la visualización, ingenua también, de un escape.

Es fácil pensar que el término “sobreviviente” como un insulto se aplique a personajes como los que protagonizan Medusa. Pero si esto fuera así no generaría tanta incomodidad en el espectador. Medusa se mete con el público porque lo hace convivir con la traición, pero con una traición que surge de la tortura, del dolor, del chantaje más tremebundo. El espectador es un habitante más de esa casa en que conviven criaturas que solo salen para delatar compañeros, y de esa acción depende no solo su vida, sino también la de sus hijos, la de sus padres. Sin justificar lo injustificable, la obra nos habla al resto de la sociedad “sobreviviente” y nos pregunta qué hemos hecho ante la constatación de esas prácticas. ¿Qué hemos hecho los sobrevivientes? ¿Engrasar las bisagras de la noria para que todo siga igual? Cada pequeño asno encontrará su abrigo para justificar su planteo político, su paraguas para que no lo salpique la impunidad. Pero es imposible, la impunidad ya está encarnada en nosotros como sociedad que no ha estado a la altura de su “supervivencia”. Medusa nos recuerda esto. Medusa nos recuerda que mientras se torturaba y desaparecían personas otros vivían como si nada aconteciera. Y años después otros vivimos como si nada hubiera pasado. Por la forma de recordarnos algunas cosas es que, para quien escribe, Medusa es una obra imprescindible. Dura, incómoda, pero imprescindible.

 

Medusa. Texto: Ximena Carrera. Dirección: Cecilia Caballero Jeske. Elenco: Andrea Rodríguez Mendoza, Elaine Lacey y Virginia Farías.

 

Funciones: sábados 20:30. La Escena (Rivera 2477).

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Leonardo Flamia Periodista, ejerce la crítica teatral en el semanario Voces y la docencia en educación media. Cursa Economía y Filosofía en la UDELAR y Matemáticas en el IPA. Ha realizado cursos y talleres de crítica cinematográfica y teatral con Manuel Martínez Carril, Miguel Lagorio, Guillermo Zapiola, Javier Porta Fouz y Jorge Dubatti. También ha participado en seminarios y conferencias sobre teatro, música y artes visuales coordinados por gente como Hans-Thies Lehmann, Coriún Aharonián, Gabriel Peluffo, Luis Ferreira y Lucía Pittaluga. Entre 1998 y 2005 forma parte del colectivo que gestiona la radio comunitaria Alternativa FM y es colaborador del suplemento Puro Rock del diario La República y de la revista Bonus Track. Entre 2006 y 2010 se desempeña como editor de la revista Guía del Ocio. Desde el 2010 hasta la actualidad es colaborador del semanario Voces. En 2016 y 2017 ha dado participado dando charlas sobre crítica teatral y dramaturgia uruguaya contemporánea en la Especialización en Historia del Arte y Patrimonio realizado en el Instituto Universitario CLAEH.