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Las mujeres en el cristianismo primitivo por Miguel Pastorino

Las mujeres en el cristianismo primitivo  por Miguel Pastorino
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Pocos conocen que el cristianismo primitivo tenía un poderoso atractivo para las mujeres que vivían bajo la cultura grecolatina y las comunidades eran espacios de mayor igualdad y de reconocimiento. Porque, de hecho, las mujeres en el cristianismo gozaban de un status muy superior al que tenían en el mundo pagano. Y si bien cualquier experto en historia antigua lo sabe, lo lamentable es que no se conozca en forma masiva del mismo modo en que circulan los mitos y las leyendas negras sobre el cristianismo primitivo. Las mujeres tuvieron un papel fundamental en la expansión del cristianismo dentro del Imperio Romano. Las fuentes históricas y arqueológicas siguen confirmando la tesis defendida por expertos en el cristianismo antiguo de las ventajas de ser cristiana para las mujeres en la antigüedad. Si bien a lo largo de la historia y también en la actualidad pueden encontrarse muchas actitudes de discriminación hacia las mujeres entre los cristianos, particularmente en algunas iglesias más que en otras, lo cierto es que el cristianismo en su origen es la fuente en la cultura occidental de los valores de igualdad entre hombres y mujeres y del respeto por la dignidad de todo ser humano (Thomas Woods, Rodney Stark).

La brutalidad del paganismo greco-romano con la mujer.

La cultura grecolatina no era benévola con las mujeres. El derecho romano estaba concebido en función de los varones romanos y libres. Las mujeres tenían un status muy inferior, como una propiedad del varón. Ellas se encontraban en un nivel cercano a los esclavos o a los niños. El infanticidio femenino era moneda corriente tanto en Roma como en Atenas, y a las mujeres que sobrevivían se les brindaba poca o nula educación. Su status legal en el mundo griego era análogo al del niño y durante toda su vida eran propiedad de un varón. Si enviudaban las romanas estaban obligadas a volver a casarse lo antes posible y sus bienes pasaban a su nuevo cónyuge. El matrimonio de la mujer se arreglaba en su niñez y se realizaba a partir de los doce años, pero a veces siendo menores de esa edad. Estando casada, el varón podía expulsarla de su casa fácilmente y si era seducida o violada, legalmente quedaba abandonada por su cónyuge.
En Roma el culto a la violencia tenía un especial desprecio por todo aquello que pudiera ser considerado débil. Por ello el infanticidio femenino era común, naturalizado y legitimado. Tácito en sus “Historias” escribe con desprecio que los judíos condenaban como pecado el “matar a un hijo no deseado”, porque los romanos lo veían como normal. Por razones distintas también los pensadores griegos recomendaban el infanticidio en caso de necesidad política. Aunque según hallazgos arqueológicos los niños abandonados al nacer o asesinados pertenecían a ambos sexos, la mayoría aplastante eran niñas. Un texto conocido y citado por especialistas muestra la naturalidad para expresarlo, en la carta de un romano llamado Hilarion a su esposa Alis:
Estoy aún en Alejandría y no te preocupes si todos regresan y yo me quedo en Alejandría. Te ruego que cuides de nuestro hijito y tan pronto como me paguen te haré llegar el dinero. Si das a luz, consérvalo si es varón, y si es hembra, deshazte de ella. Me has escrito que no te olvide. ¿Cómo iba a olvidarte? Te suplico que no te preocupes.
Con total naturalidad se pedía a la esposa que eliminara a su hija si llegaba ser mujer. En una de las investigaciones más eruditas y recientes sobre el tema, el sociólogo y especialista en cristianismo primitivo Rodney Stark demuestra la situación desfavorable de la mujer en el mundo grecorromano, que algunos novelistas idealizan como si hubiera sido feminista (de forma anacrónica), y como en realidad fue todo lo contrario. El cristianismo supuso para la civilización occidental y para la mujer un nuevo comienzo de dignidad y libertad . Aunque hay que reconocer que esa visión igualitaria no prosperó igual en todas partes, y fue sofocada por la cultura ambiente.

La mujer en el cristianismo primitivo.

Mientras que muchas novelas y libros pseudohistóricos, desde el código Da Vinci de Dan Brown, hasta el indocumentado libro de la periodista británica Catherine Nixey (“La edad de la penumbra”), que están plagados de prejuicios infundados y que manipulan los datos históricos, cuando no los tergiversan completamente; los historiadores e investigadores sobre el tema no solo desmienten todos estos mitos, sino que unánimemente sostienen el contraste positivo que supuso el cristianismo para las mujeres en el mundo antiguo frente a la cultura patriarcal del mundo greco-latino. Y la mayoría de estos autores son historiadores y no necesariamente cristianos.
Los escritos del Nuevo Testamento atestiguan en diversos pasajes el modo en que Jesús actuó contra la cultura dominante, para sorpresa y escándalo de sus contemporáneos. Las integró a las mujeres dentro del grupo de sus discípulos en trato igualitario y la primera testigo de la resurrección es una mujer (María Magdalena), llamada por los primeros padres de la Iglesia como “apóstol de los apóstoles”. Pablo de Tarso en sus cartas narra no solo que no existían diferencias entre hombres y mujeres (Gal, 3,27-28), sino que nombra a diversas mujeres que lideraban comunidades y ejercían importantes ministerios en las comunidades cristianas (Rm 16, 1-7).
El cristianismo al igual que el judaísmo condenaba duramente el infanticidio. La moral cristiana que tenía estrictas normas en cuanto a la fidelidad conyugal, eran parejas para el hombre y la mujer, donde estaba igualmente mal visto el adulterio masculino como el femenino. Las viudas eran bien recibidas y todas las mujeres que se convertían al cristianismo contaban con ventajas respecto de su vida anterior, como contraer matrimonio a una edad mayor que sus coetáneas y podían elegir a su cónyuge.
De hecho, la población femenina era mucho mayor en el cristianismo que en las otras religiones, antes de que se convirtiera en religión oficial con Teodosio en el 381. En una sociedad donde los varones eran demográficamente muchos más, el cristianismo tenía una gran mayoría de mujeres. Y con el tiempo ellas fueron las que transmitieron la fe a sus esposos paganos. Las fuentes muestran la cantidad de disposiciones eclesiásticas a que las mujeres cristianas se pudieran casar con hombres no cristianos. Veían en ello una posibilidad evangelizadora y de hecho su influencia demográfica fue mayor, ya que influían sobre las familias que formaban aunque sus cónyuges siguieran siendo paganos.
Es cierto que algunos autores racionalistas criticaban este dato ridiculizando las conversiones femeninas a una religión irracional. ¿Entonces por qué no tenían tantas conversiones los cultos emocionales de los templos paganos? La verdadera razón de la mayoría aplastante de mujeres en el cristianismo era que gozaban de un espacio de dignidad, de igualdad y libertad que no existía en el mundo antiguo hasta el nacimiento del cristianismo.
Según las investigaciones de Stark el protagonismo de la mujer tuvo mucho más peso en la expansión del cristianismo de lo que suele pensarse. Nació en la antigüedad un nuevo modo de comprender al ser humano, que está en la base de la cultura occidental. Muchos cristianos a lo largo de la historia se han olvidado de sus orígenes y han consentido actitudes y una mentalidad que han ido en contra de la dignidad de la mujer, desconociendo la igual dignidad de todo ser humano predicada por el cristianismo desde los orígenes. Lo cierto es que a pesar de todo lo que todavía queda hoy por conquistar en reconocer la dignidad y los derechos de las mujeres en muchas partes del mundo, la investigación histórica ayuda a comprender que no siempre evolucionamos, también retrocedemos en el reconocimiento de los otros (Vidal, M. El legado del cristianismo en la cultura occidental, 2005).
Para lo que fue la cultura ambiente del siglo I y II, tanto dentro del judaísmo, como dentro del mundo griego y romano, las mujeres cristianas ejercieron roles de liderazgo que eran extraños a la época y que desafiaban prácticas naturalizadas de maltrato hacia las mujeres.
Así lo explica Xavier Pikaza a partir de la cita del Nuevo Testamento y su contexto: “No hay judío, ni griego, no hay siervo ni libre, no hay ya hombre ni mujer; todos ustedes son uno en Cristo” (Gal 3,28): “El mensaje del cristianismo primitivo ha llevado hasta el límite tanto la libertad, como la igualdad (igual dignidad) entre los humanos… puede haber verdadera relación entre unos y otros porque no hay prioridad de un sexo sobre el otro” (Pikaza, X, Hombre y mujer en las religiones, 1996).

Stark, Rodney (2009). La expansión del cristianismo: Un estudio sociológico. Madrid: Trotta.

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