Los monstruos de la razón

Antígona por la Comedia Nacional

Los dramaturgos de la antigüedad reescribían sistemáticamente los mitos sobre los que trabajaban en función de sus intereses, como señala Miguel del Arco en el programa de Antígona. En particular el director español se refiere a la manera en que se apelaba al sustrato mítico para “seguir profundizando a través de contar historias (…) en algo que habían inventado y que, por tanto, no se daba de una forma natural: la democracia”. Quizá el ejemplo más paradigmático de lo que plantea del Arco provenga de la Orestíada de Esquilo. Es en esta trilogía en la que veremos a Orestes asesinar a su madre Clitemnestra para vengar a su padre Agamenón y luego huir de las “furias” convocadas por Clitemnestra para vengar el matricidio. Lo interesante es que en el último movimiento de la trilogía, Esquilo hace que sea una asamblea ateniense la que debata sobre si Orestes merece o no ser castigado. De este forma Esquilo introduce en el trasfondo mítico argumentos para defender la “democracia” de su tiempo.

Uno de los aspectos que tradicionalmente se han subrayado en las lecturas de Antígona (de Sófocles) es la tensión entre leyes “positivas”, que valen en tanto son producto de la legislación humana, y la “injusticia” que esas leyes humanas pueden provocar al momento de ser ejecutadas. La obra comienza con Creonte ya instalado como nuevo rey de Tebas, quien niega el derecho a sepultura a Polinices en tanto se ha rebelado contra su patria. De esta forma el nuevo gobernante pretende dar una señal a futuros “traidores”. Pero Antígona, hermana de Polinices y sobrina de Creonte, se niega a acatar la “ley”. Lo interesante en el énfasis que da del Arco es que más allá de la acción en sí de Antígona, Creonte se muestra inmune a los argumentos de flexibilizar la pena impuesta luego de que su sobrina ha quebrado la ley. Aquí el eje se traslada hacia una discusión que podemos ilustrar con una noticia que conmueve a la opinión pública montevideana.

Bajo el rótulo de “caso Moisés” día a día recibimos noticias del caso judicial de Moisés Martínez, un hombre condenado a 12 años de prisión por matar a su padre. Pero Moisés cometió el homicidio luego de enterarse de que sus hermanas habían sido abusadas sexualmente y violentadas de forma sistemática por su padre. Las propias hermanas de Moisés han pedido que se revea la pena, organizaciones feministas se han movilizado, y el tema ha generado debate en los medios de comunicación y el sistema político. Sin embargo la fiscal del caso defiende la decisión de la Justicia, y alerta sobre los peligros de sentar antecedentes en que la opinión pública interfiera en las decisiones que se basan en la “le ley vigente”. Evidentemente esto no tranquiliza a la sociedad civil organizada y a la opinión pública que intuye una gran “injusticia” en la aplicación de la Ley.

Por supuesto que el director no aborda esta noticia pero, y más allá de los vericuetos legales, nos sirve para entender la situación en la que ha colocado a Creonte. Más allá de la fundamentación del edicto que prohibía sepultar a Polinices, lo cierto es que existía y Antígona actuó conscientemente en contra de ese decreto. Creonte entiende que si hace una excepción el orden jurídico todo quedará en entredicho, y será el comienzo de nuevas discordias. Debe cumplir con la ley y Antígona debe ser ejecutada: “aunque sea hija de mi hermana, y aunque fuera el más próximo pariente de todos los que en mi casa se reúnan en torno de mí”. Más adelante veremos al gobernante ignorando también el clamor popular, pues “quien piensa dejarse mandar por los que él gobierna” no es digno de confianza.

El centro de la versión de del Arco parece, entonces, trasladarse de Antígona a Creonte, quien al comienzo ha dicho “Difícil es conocer la índole, los sentimientos y opinión de un hombre antes de que se le vea en el ejercicio de la soberanía y en la aplicación de la ley”. Y es en la aplicación de la ley en la que descubriremos a un Creonte inflexible, autoritario e “injusto”. La forma en que el director nos presenta a Creonte nos hizo recordar al Marat de Peter Weiss, aquel que en diálogo con el Marqués de Sade (evitaremos las disquisiciones metateatrales aquí) dice “Nos es imprescindible arrancarlo todo desde la raíz, por terrible que eso pueda parecer a los contentos y saciados y embozados en el manto de su moral. Escucha, escucha a través de las paredes cómo murmuran e intrigan”. Marat, el líder de la revolución francesa, es utilizado por Weiss para denunciar los crímenes del estalinismo en nombre de la “revolución”. Y Creonte es reformulado en la versión de del Arco para hablar, entre otras cosas, de los abusos de las “democracias” occidentales contemporáneas.

El director toma la decisión de que Creonte sea mujer para que la evolución del personaje esté determinada por el ejercicio del poder, y que el género no juegue un rol en el antagonismo con Antígona. Además humaniza al personaje, añade el dolor de un hijo muerto en combate y un vínculo entre tía y sobrina que adelanta el conflicto que Creonte vivirá al final. Las contradicciones por las que atraviesa Creonte se desarrollan durante la obra, y el público empatiza con un gobernante que en este caso no se debe a Zeus y a su linaje, sino al pueblo que lo ha colocado en su lugar. Por eso, desde nuestro punto de vista, el gran destaque en esta versión se lo lleva Lucía Sommer. Es ella quien aparece de forma grandilocuente y segura portando el mensaje de Creonte: se aplicará la ley y no habrá más guerras. Y es ella misma quien dejará entrever las dudas de su personaje, las contradicciones que atraviesa cuando debe decidir ejecutar a su sobrina. El momento más interesantes justamente es el diálogo con Antígona, en el que la intenta convencer de que diga que desconocía la orden de no dar sepultura a Polinices. Esa escena protagonizada por Sommer y Mané Pérez como Antígona es uno de los grandes pasajes del espectáculo, y es un pasaje de intimidad, envuelto sí en una imponente escenografía, pero en el que las dos actuaciones brillan por sí mismas.

El diseño es monumental, las ruinas como escenario del éxtasis en que vemos al elenco al comienzo del espectáculo bailando y cantando música electrónica conforman un cuadro imponente desde el punto de vista plástico. Pero el carácter monumental de la escenografía deja lugar en varios pasajes a actuaciones muy disfrutables, incluso de personajes secundarios como el centinela-mensajero que interpreta Gabriel Hermano, casi un bufón isabelino antes que un personaje trágico. Es en las actuaciones en donde se despliega el enfoque del director, un enfoque que alerta sobre los monstruos que produce “el sueño de la razón”.

Antígona, de Sófocles. Versión y dirección de Miguel del Arco para la Comedia Nacional.

Funciones: miércoles a sábado a las 20:00, domingo a las 19:00. Teatro Solís. Fotografía: Carlos Dossena 

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