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Clint Eastwood cumple 90 años y sigue en pie

Clint Eastwood cumple 90 años y sigue en pie
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El domingo 31 de mayo Clint cumplirá 90 años. Debutó en cine como actor (El regreso del monstruo, Jack Arnold, 1955) y ya en su cuarta película se dio el lujo de matar al monstruo protagónico de Tarántula (Jack Arnold, 1955) pero no destacó en ese medio, por lo que en 1959 pasó a la TV. Allí tuvo gran suceso durante seis años en 217 capítulos para la serie de CBS Rawhide, historia de una caravana de vaqueros que recorría el Oeste transportando ganado. Clint Eastwood elaboró en ella una imagen de hombre apuesto, rudo y de pocas palabras, hábil estrategia para ocultar sus precarias dotes de actor. Esas carencias no le importaron a Sergio Leone, que lo llevó a Italia para inventar el spaghetti-western en Por un puñado de dólares (1964). El éxito fue mayúsculo y cambió la carrera de Eastwood: en dos nuevos roles para Leone (Por unos dólares más, 1965; Lo bueno, lo malo y lo feo, 1966) consolidó su recia estampa de héroe de acción. En esa vertiente el cinéfilo recordará sus labores para Don Siegel en Los buitres tienen hambre (1969), El engaño (1970) y Harry el Sucio (1971): en esta última encarnó al feroz policía que generaría cuatro discutibles secuelas donde no vacilaba en apelar a la justicia por mano propia. También son destacables dos trabajos bélicos para Brian G. Hutton (Donde las águilas se atreven, 1968; El botín de los valientes, 1970), un western para John Sturges (Joe Kidd, 1972) y un thriller de Wolfgang Petersen (En la línea de fuego, 1993). La rareza de Clint sigue siendo el musical de Joshua Logan La leyenda de la ciudad sin nombre (1969), donde, aunque usted no lo crea, cantó -es un decir- junto a Lee Marvin. Pero en 1971 el actor inició su carrera como realizador, y daría que hablar.

Resulta incomprensible el aprecio que la crítica estadounidense tuvo desde el inicio por el cineasta. Desde 1971 hasta 1986 rodó doce films que no revelan una sola preocupación definible, sino simplemente a un artesano menor que no se interesaba mucho por nada. De esa zona inicial destacan el thriller de suspenso Obsesión mortal (1971), el drama sentimental Interludio de amor (1973) y sus dos mejores westerns (El fugitivo Josey Wales, 1976; El jinete pálido, 1985). Del resto no hablemos: con más o menos dinero y siempre desde Malpaso (compañía que presume de independiente, pero nunca lo fue) sus otros films son un mismo esquema repetido: acción, suspenso y un héroe que atraviesa intacto 75.284 tiros cumpliendo con su misión. Todo bien hecho, claro, porque Eastwood aprendió la lección de Leone y Siegel, y supo manejarse casi siempre con presupuestos millonarios. De esa forma engendró bodrios imperdonables (Firefox, 1982; Guerrero solitario, 1986) donde quiso imponer al mundo entero la bélica y fascistoide mentalidad del superhéroe Ronald Reagan.

No sé si algún día sabremos qué pasó con Eastwood en 1988, pero lo cierto es que a partir de entonces su cine cambió. La inquietud estética aumentó y se convirtió en un artesano mayor, aunque no alcance a ser un creador, porque a mi entender su cine sigue sin plasmar un universo creativo personal y reconocible. Lo que sí persiste inalterable es su ideal republicano de extrema derecha, pero eso nada tiene que ver con el acto creativo. De todas maneras, a partir de 1988 comenzó a adquirir una cierta desconfianza en la acción física y empezó a poblar sus historias con apuntes psicológicos, rasgos poéticos y refinamientos de diálogo. De esa forma rozó la brillantez en Bird (1988), sensacional biografía del saxofonista Charlie Parker; en Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997), comedia muy personal sobre excéntricos personajes sureños, que empero fue un fracaso descomunal de taquilla; y en Million Dollar Baby (2004), cálida y picaresca crónica sobre boxeadores, convertida en la media hora final en una reflexión madura y dolorosa acerca de la soledad de la gente común, con la que además tuvo la valentía de enfrentar (en un lugar tan pacato y falso como Hollywood) un tema políticamente incorrecto: el de la eutanasia. Esa es, sin duda alguna, su obra mayor y más comprometida.

Hay otros aciertos del cineasta que empero no deben ser olvidados: la evocación de John Huston en Cazador blanco, corazón negro (1990), el crepuscular desencanto de Los imperdonables (1992), la sentida historia de amor sin futuro de Los puentes de Madison (1995), el enérgico suspenso de Poder absoluto (1996), los intensos dramas de corte policial Río místico (2003) y El sustituto (2008), el crudo díptico bélico La conquista del honor y Cartas desde Iwo Jima (2006), y el lírico relato sobre miedos oscuros y creencias arraigadas de Más allá de la vida (2010). Incluso varios films de tono menor y amable (Un mundo perfecto, 1993; Jinetes del espacio, 2000; Invictus, 2009; Jersey Boys, 2014; Sully, 2016; La mula, 2018) son mejores a casi todo lo hecho antes de 1988, o a las sobrevaloradas y antipáticas Gran Torino (2008), Francotirador (2014) y El caso de Richard Jewell (2019), que quizás termine siendo su obra póstuma. En estas tres películas la inteligencia narrativa no disimula la presencia del macho racista de siempre. Y para seguir sin apresar totalmente al verdadero Eastwood-cineasta, con sólo siete años de diferencia tenemos un film realizado con total impericia narrativa (15.17 tren a París, 2018), y una de sus mejores obras (J. Edgar, 2011), cuestionadora visión del fundador del FBI, con la que el cineasta marcó el paso de la era Obama. Como sea, parece claro que lo esencial de Eastwood radica en abordar materiales ajenos mediante una muestra de impecable artesanía personal que empero no alcanza a convertirlo en verdadero autor. Aunque es justo reconocer que, si se tienen en cuenta los magros parámetros del actual Hollywood, lo de Clint se ubica un escalón arriba de la media, y eso le permite seguir manteniéndose en pie.

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Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".