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“Foxtrot” y el regreso de Samuel Maoz

“Foxtrot” y el regreso de Samuel Maoz
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Seguramente decir Samuel Maoz signifique poco o nada para parte de los cinéfilos. Sin embargo, quizá recuerden el escándalo que en 2009 causó Líbano, ganadora del León de Oro en Venecia. Después de ocho años sin hacer cine, en 2017 Maoz causó una nueva y enconada reacción del gobierno israelí a raíz de Foxtrot, que ya puede verse en diversas plataformas digitales. ¿Quién es Samuel Maoz? Un cineasta nacido en 1962 en Tel Aviv que a los 20 años debió participar en la unidad de acorazados del ejército israelí durante la Primera Guerra del Líbano. Esa experiencia dramática fue factor fundamental para la realización de Líbano, film tremendamente cuestionador que captaba la atención del espectador durante 93 minutos con un relato que transcurría en el espacio reducido de un tanque de guerra. El fastidio que Líbano causó al gobierno derivó en acusaciones a Maoz de apolítico (¿y desde cuándo serlo es un pecado?), mientras su película era calificada de “artera afrenta al honor del Estado”. Con el correr de los años Maoz reflexionó que “yo tenía 20 años, era el tirador dentro del tanque, y tuve que matar gente siguiendo órdenes tentativas, no basadas en una certera observación del territorio. Hacer Líbano me ayudó a procesar la sensación que me provoca haber quitado vidas, y a sobrellevar esa carga insoportable con la que estoy obligado a vivir”.

Ahora Foxtrot comienza con unos jóvenes militares que llaman a la puerta y comunican a una familia la muerte del hijo en acto de servicio. El ejército judío tiene un protocolo muy bien estudiado para comunicar estas noticias. El problema es que, más allá de esos protocolos, los mensajeros no saben explicar el motivo del deceso, y ni siquiera aseguran a los padres que podrán ver el cuerpo del hijo. Si meditamos en lo que vemos en el film, advertiremos que ésta es gente sin libertad de movimientos, y por ello regresarán al punto de partida, que es lo que sucede con el significado del título. Porque el foxtrot es un baile realizado con pasos de ida y vuelta formando un cuadrado en el cual se vuelve al punto de partida, para seguir en forma continua hasta que la canción termine. La estructura del film es igual: brevísimo prólogo en una ruta recta, primer acto en el hogar de la familia, segundo acto en un inútil puesto fronterizo, tercer acto de vuelta al hogar seis meses más tarde, y breve epílogo en la recta ruta inicial. Esa simetría es un alarde narrativo y estético, pero en Foxtrot se detecta una intención clara de diversificarse hacia los sentimientos.

La finalidad antimilitarista de Maoz plantea al público una doble duda: 1) ¿vale la pena dilapidar las energías de la juventud en un puesto geográfico inútil?; y 2) aún si ese lugar fuera mínimamente útil a nivel estratégico, ¿valdría la pena perder la vida en la defensa de una posición así? Foxtrot enfureció más que Líbano al actual gobierno israelí, y la Ministra de Cultura Miri Regev llegó a decir que “Maoz intenta destruir a Israel, es el resultado de la autoflagelación y la colaboración con las posiciones anti-israelíes. Resulta escandaloso que los artistas de mi país inciten a los jóvenes contra el ejército más moral del mundo mediante la difusión de mentiras en forma de arte”. La respuesta de Maoz fue contundente: “La ministra revela poca cultura al utilizar como parte de un solo concepto los términos ‘ejército’ y ‘moral’, lo cual es un oxímoron. Mi película es el resultado del hartazgo que siento ante la muerte inútil de jóvenes que siguen órdenes incomprensibles de gente que nunca ha estado cerca de un campo de batalla. Nos siguen repitiendo que nuestra existencia peligra, y no es así. Pero, ¿qué se puede esperar cuando una maestra el primer día de clases, en lugar de poner su nombre en el pizarrón, escribe ‘Es bueno morir por tu país’? Para colmo, no podemos sacarnos de encima el fantasma del Holocausto. Es el ADN del país. Nuestra identidad se define por el trauma derivado de él, que nunca sanará porque la élite política no quiere que sane. Haría falta un líder como Isaac Rabin, que imponga un corte con el pasado. Si alguien tiene dudas se le acusa de apoyar a Palestina, pero nosotros gastamos todo en defensa y tenemos un millón de niños pasando hambre. ¿Por qué Netanyahu no utiliza parte del dinero para alimentarlos y educarlos? Porque eso no da crédito electoral”. Esa sinceridad pública no le hace fácil las cosas a Maoz en Israel: “Me escriben mails en los que me dicen que me esperan fuera de casa, y que cuando salga me van a tirar ácido en la cara para que nunca más pueda filmar. También me dicen que mi hija es muy bella, y que en cualquier momento dejará de serlo. El discurso oficial, en cambio, es que Israel es víctima del terrorismo, pero esto que les cuento, ¿qué es, sino terrorismo?”. 

Lo cierto es que, como en Líbano, la génesis de Foxtrot también nace del miedo íntimo: “Mi hija nunca se levantaba a tiempo para tomar el ómnibus a la escuela, así que siempre me pedía que llamara un taxi. Una mañana me planté y le dije: ‘A partir de ahora tomarás el ómnibus, y si llegas tarde te aguantas’. Veinte minutos después que se fuera escuché en la radio que un terrorista se había inmolado en la línea que ella debía viajar, y que docenas de personas habían muerto. La llamé, y el servicio telefónico había colapsado. Nunca experimenté un terror parecido al que sentí entonces. Una hora después mi hija regresó a casa: fiel a su costumbre de no estar nunca en hora en ningún lado, había perdido el ómnibus y esperó el siguiente”. Entre amenazas reales y giros metafóricos del destino, Líbano y Foxtrot son dos títulos reflexivos que no deberían ignorarse.

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Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".