Home Cine La magistral e insuperable “2001” cumple 50 años
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La magistral e insuperable “2001” cumple 50 años

La magistral e insuperable “2001” cumple 50 años
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Tarde de agosto, fría y soleada. Tengo diez años de edad y mi padre me lleva al cine una vez más. Pero ése sería un día distinto. Íbamos al Ambassador, la sala que había heredado la gigantesca pantalla 70 mm del California, a la que se sumaban seis bandas estereofónicas, el sonido más impresionante que oí en mi vida. Al bajar del ómnibus caminamos tres cuadras interminables: el ansia me consumía, producto del entusiasmo que me había generado el alunizaje de Armstrong días atrás. La primera sorpresa me aguardaba al llegar, porque al acercarnos a la boletería (que estaba en la vereda, no en el hall) sonaba una música estridente: ¡la película se oía desde la calle! Pasamos a la sala, ubicada en el primer piso donde, sin que pudiera imaginarlo, estaba a punto de iniciar la magia de 2001: odisea del espacio. Hasta hoy sigue siendo mi película preferida, y la experiencia sensorial más impactante que viví en el cine. A lo largo de las décadas la he visto medio centenar de veces, pero sólo en el Ambassador el público uruguayo pudo apreciar 2001 en todo su poderosísimo esplendor.

 

GESTACIÓN. Fue larga. El cuento que la originó, El centinela, fue escrito por Arthur C. Clarke en 1948 para un concurso de la BBC, y publicado en 1951. En 1962 Stanley Kubrick quedó fascinado con una novela del escritor (El fin de la infancia) y quiso trasladarla al cine, pero Abraham J. Polonsky se le había adelantado. Entonces compró los derechos de doce cuentos de Clarke, uno de los cuales era El centinela. Al principio el escritor y el cineasta quisieron realizar un documental con entrevistas a científicos famosos, sobre la posibilidad de vida extraterrestre y la teoría del viaje intergaláctico. Pero Kubrick cambió los planes: se volcó a la ficción y rehízo el libreto innumerables veces, en una labor tan perfeccionista como irritante. El rodaje comenzó en Inglaterra el 29 de diciembre de 1965. El film estaba concebido para ser rodado y exhibido en la triple pantalla de Cinerama, pero la idea fue descartada y terminó adaptándoselo al Super Technirama 70 mm de MGM. 2001 es anterior al uso de la computación en cine, por lo que cobra particular relevancia la perfección de sus efectos especiales, realizados íntegramente en base a maquetas en escala y trucos fotográficos. El propio Kubrick supervisó todo ese asunto, y su principal colaborador fue Douglas Trumbull, que más tarde cobraría fama como encargado de efectos visuales para Encuentros cercanos del tercer tipo. El film quedó listo en marzo de 1968, su costo fue de 10.500.000 dólares (el doble de lo estimado al principio) y se estrenó el 2 de abril en Washington. A Montevideo tardó un año y medio en llegar. De esa aventura saldrían una película, una disputa interminable entre filosofía y ciencia, y varias novelas de Clarke intentando explicar lo inexplicable. En todo eso no hay discusión: el que ganó fue el cine.

 

ANÉCDOTA. Contar 2001 es aniquilar sus contenidos, pero debe correrse el riesgo. En la prehistoria un misterioso monolito transforma la vida de unos monos. Cuando uno de ellos comprende que un hueso puede ser un arma efectiva para cazar y matar, asistimos a una transformación histórica: el simio herbívoro se convierte en carnívoro asesino. Nace el hombre. De inmediato, el mayor salto temporal de la historia del cine (cuatro millones de años) nos proyecta a la superficie de la Luna, donde aparece otro monolito que emite una señal sonora dirigida a Júpiter. Ese hecho origina una misión llevada a cabo por varios científicos junto a una computadora llamada HAL 9000. Luego de una feroz batalla entre máquina y humanos, el protagonista, mediante un tercer monolito, entra a una dimensión desconocida, una suerte de puerta estelar, de la cual regresa a través de un cuarto monolito, convertido en un ser diferente, quizás superior.

 

CONTENIDOS. Imponer una única explicación a 2001 sería reducirla injustamente, porque es una obra abierta a todo tipo de especulaciones, y es eso lo que la hace monumental. En cambio parece válido ofrecer pistas a espectadores desconcertados. La interpretación racionalista de Clarke habla de una civilización extraterrestre que viajó a la Tierra (el monolito sería una nave espacial ) y plantó en sus habitantes la semilla del conocimiento, confiando en su inexorable proceso evolutivo. Otros hacen hincapié en el macabro progreso de la ciencia, que llevaría a la humanidad hacia una destrucción segura: para ello se apoyan en el largo episodio de la lucha entre Bowman y HAL 9000, en quien ven un remedo de IBM (las letras de la máquina son las anteriores en el abecedario a las de la empresa). Una tercera opción tomaría al monolito como símbolo de Dios, con lo cual quedarían felizmente unidas dos irreconciliables enemigas: ciencia y teología. Una última interpretación, de tono metafísico, abreva en Nietzsche: sugiere que el ser humano es el escalón intermedio entre el animal y el superhombre. Sus defensores se apoyan en varias alusiones del film, como la utilización de “Así habló Zaratustra” en la banda sonora, o el apellido del astronauta: para Nietzsche el hombre es “un tenso arco entre el animal y el superhombre”, y precisamente Bowman significa arquero. De todas maneras, en una famosa entrevista para Playboy, Kubrick declaró: “Jamás traté de dar un mensaje traducible en palabras. 2001 es una experiencia no verbal: en 139 minutos, apenas 40 tienen diálogos. Quise crear una experiencia visual que trascendiera las limitaciones del lenguaje y penetrara en el subconsciente en forma directa, con su carga emotiva y filosófica. En 2001 el mensaje es el medio para que el espectador alcance un nivel interno de conciencia”.

 

RESULTADOS. El film es una obra maestra no por sus múltiples interpretaciones, sino porque es Kubrick en estado puro. En 2001 el cineasta desarrolló al máximo sus más persistentes obsesiones: la confianza en la imagen por encima de las palabras; el macizo pesimismo existencial, por el cual el hombre debería desaparecer para que el universo mejore; la derrota del héroe individual, que no sabemos muy bien quién es (¿Bowman, HAL 9000?); la formulación de historias complejas en un estilo que mezcla frialdad estética y vigor narrativo; y una forma muy austera de mostrar violencia: las muertes en 2001 son terribles, sobre todo la extenuante agonía de HAL 9000, concebida con descomunal sadismo quizás porque el ordenador es el único personaje “humano”, mientras que los hombres se comportan con robótica gelidez. Hay que destacar además el formidable poderío audiovisual, que sumerge al espectador en una experiencia única, debido a la sabia combinación de majestuosidad narrativa y rigor científico. Nunca en cine las leyes de la física fueron tan respetadas: el acoplamiento de la pequeña nave a la estación espacial, la ausencia de sonido en el espacio, la importancia de la respiración en él o el propio diseño del Discovery son hitos en la materia.

Y también está la banda sonora. Las naves bailan al compás del “Danubio azul” de Johann Strauss, pero la eficaz correspondencia de música e imagen no se agota en ese vals: la magnificencia de “Así habló Zaratustra” de Richard Strauss surge en los tres momentos épicos de la historia; la suite “Gayané” de Khatchaturian pone énfasis en la sideral soledad del espacio; y los fragmentos corales de “Lux Aeterna”, “Atmósferas” y “Kyrie” de Ligeti otorgan un aura misteriosa e inquietante a un infinito enclavado más allá de la comprensión humana. 2001 ubicó a Kubrick en el sitial más cotizado entre los cineastas de su época, y le permitió convertir las posteriores Naranja mecánica y Barry Lyndon en dos empeños personales minuciosos y de idéntico magisterio. A 50 años del estreno de 2001 su brillantez narrativa, sus misterios argumentales y su magia visual aún permanecen intactos.

Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".