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Fin de temporada en el Museo Nacional de Artes Visuales Nelson Di Maggio

Fin de temporada en el Museo Nacional de Artes Visuales Nelson Di Maggio
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Cuatro inauguraciones temporarias cierran la temporada 2019 en el Museo Nacional de Artes Visuales (mnav).

Colección mnav: arte en Uruguay 1865-1950 presenta un recorrido a partir de Blanes —con ausencia y ninguna referencia de Juan Manuel Besnes e Irigoyen, su maestro en varios sentidos y primer pintor nacional—, hasta Joaquín Torres García y la Escuela del Sur. Es un curioso e irregular agregado a la colección permanente a causa del montaje fijo que impide integrar la lectura de obras cercanas por causa de su condición temporaria que, como las otras recientes inauguraciones, el finissage está anunciado para la primera semana de febrero.

Gustavo Wojciechowski (Maca), montevideano de 1956, pintor, dibujante, poeta, diseñador gráfico y docente, con una dinámica capacidad inventiva en su trayectoria muy bien aprovechada en la sólida formación de sus alumnos, reunió 500 tapas de libros, revistas casetes, vinílicos y cedés. Alejandro Sequeira, responsable de la curaduría, consiguió el atractivo disfrute para el visitante y explica que «combina mirada poética, astucia del diseño, y al mismo tiempo una clara intención de privilegiar la unidad». En la variedad de soluciones de las tapas —intervenciones de la línea, el recorte y el collage—, las convierte en piezas singulares donde el placer de crear atrapa al espectador.

Javiel Raúl Cabrera. Entre el olvido y la leyenda (1919-1992) es la segunda muestra en el mnav durante 2019 de Thiago Rocca, director del Museo Figari y segunda de Cabrerita, efectuada el año pasado en el mismo lugar. Una actividad extraña, reñida con los hábitos internacionales en museos oficiales.

El nombre de Cabrerita celebrado en la bohema de los 50, asiduo parroquiano a los míticos cafés Metro y Sorocabana, sedes de los tertulianos de la generación del 45, de cariñosa protección en sus alteraciones de comportamiento mental hasta situarlo en el círculo de la mitología creadora. Otro sector que lo conoció —la generación de jóvenes críticos de arte formada en Facultad de Humanidades y Ciencias— fue menos entusiasta de sus dibujos y acuarelas. Así como en Van Gogh se reconoce la existencia abismal en su producción del genio que domina su mundo y los estados alterados donde es dominado por sus demonios interiores, en Cabrerita es posible constatar una similar condición, aunque lejos de establecer paralelismos imposibles. La muestra del año pasado documentada en el catálogo publicado, revela el buen manejo de la acuarela, el dibujo inventivo aun en la recurrente temática de rostros de niñas de ojos bien abiertos que en esta nueva exposición están ausente: los rostros son óvalos esquemáticos de dibujos, aplicados como máscaras y la mano derecha siempre por debajo de la izquierda, señal de un arquetipo mental y no visual, unido a las desproporciones de la composición y al tembloroso contorno de las figuras. Es probable que muchos se rindan al indudable atractivo de su obra, aunque dominada por la perturbada vida del hombre. El retrato del escritor Carlos Maggi es quizás el más significativo en la captación figurativa de su personalidad. Pero nada que ver con las bondades de la donación de 2018.

Julio Alpuy (1919-2009) es, junto con Cabrerita, uno de los centenarios recordados. Antonio Frasconi (1919-2013), enorme grabador, considerado entre los mejores en Estados Unidos; Alberto Breccia (1919-1993), historietista famoso y Mario Lorieto (1919-2003), pintor y escultor, olvidados.

Naturaleza muerta, pequeña, deliciosa acuarela de 1943, al inicio del recorrido, marca el sello distintivo que caracterizará su personalidad posterior del período ya alejado de los lineamientos del maestro Torres García, ferviente discípulo y continuador, sin apartarse de sus propias propuestas temáticas y técnicas, incursionando, con cierta idiosincrasia y frescura por el grabado, la pintura, el mosaico, la madera y el mural; uno, excelente, subsiste en el hall de entrada en la ex embajada uruguaya en Buenos Aires.

La antología de Alpuy sigue un orden cronológico; se demora en las primeras décadas de aprendizaje en el uso de diversos materiales y búsquedas personales hasta que en 1971, radicado en Nueva York, se contagió del clima agitado e innovador del ambiente, sin plegarse a las vanguardias del momento. Salió de la naturaleza muerta hasta llegar al símbolo inspirado en el espíritu griego arcaico y dejó de lado el interés por lo precolombino que nunca lo atrajo. La mitología helénica, aunada a un primitivismo orgánico y vital, asociado a los ritos permanentes de la actividad humana, constituirá su contribución personal, atravesada por una espontaneidad y liviandad de la pincelada, transparencia del color, integrados a la deliciosa evocación de los jardines adánicos y la geometrización formal en delicado equilibrio plástico. Si ese aspecto no surge debidamente enfatizado, la compensación ocurre por la sensacional revelación, casi desconocida, del escultor en un despliegue asombroso de formas planas y volumétricas, tallas en madera de intensa imaginación. Un video recoge, en pocos minutos, la alegría de vivir y la coherencia conceptual de su pensamiento.

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