Home Cine Luis Machín
0

Luis Machín

Luis Machín
0

Estuvo en Montevideo durante 24 horas. Es la estrella invitada de la última película del uruguayo Federico Veiroj, Así habló el cambista, que se estrena hoy en nuestro país. Una historia ambientada en los años 70, con instituciones en bancarrota, un gobierno militar, subversivos tras las rejas y el mercado financiero uruguayo como lugar ideal para lavar dinero. Luis Machín (Rosario, 1968) compone a un veterano en el negocio de la fuga de capitales que, empero, es una rara avis, porque ha sabido permanecer alejado de la corrupción generalizada. Es además el suegro del corrupto protagonista (Daniel Hendler). Voces dialogó con el actor sobre este film y varias cosas más.

¿Cómo llegaste a Así habló el cambista, y qué te interesó destacar como actor del personaje que te tocó en suerte?

La película me llegó a través de Santiago López, uno de los productores de Oriental Films. Yo ya había trabajado con ellos en la segunda temporada de El hipnotizador, que habíamos hecho con Daniel (Hendler), Leo Sbaraglia y actores uruguayos. Entonces cuando llegó el momento de hacer esta película, que desde hace tiempo preparaba Cote (Veiroj), me pasaron el guion y me interesó de inmediato. Todo lo de los prestamistas, usureros y cambistas para mí era desconocido, pero sabía que era muy feroz porque se alimenta de la necesidad económica ajena. Y lo que me resultó interesante fue cómo estaba planteada la historia, cómo Federico se mete en los detalles organizativos de estas personas. La película, como la visualicé desde el libreto, me parecía que nunca iba a caer en el estereotipo, porque no mostraba sólo el aspecto miserable de la actividad, sino que abría un abanico hacia rumbos de tipo político, sociales y familiares.

Tu personaje es una mosca blanca. El espectador espera que en algún momento muestre la hilacha…

…y sin embargo eso nunca se ve. Lo que se ve es un mundo de códigos mafiosos, porque de hecho no les tiembla la mano cuando tienen que ejecutar medidas extremas. Mi personaje, cuando va a visitar al yerno a la cárcel, le dice literalmente: “Yo a vos te mataría, pero no quiero dejar viuda a mi hija y sin padre a mis nietos”. Eso es duro, porque hasta ese momento el espectador me había visto muy bien parado, no queriendo transar con la corrupción ni la política, pero de golpe digo eso y la gente puede advertir que en definitiva no soy tan cristalino, porque de hecho estuve siempre -como decíamos antes- especulando con la necesidad ajena. Esa dualidad es la que de entrada me pareció muy atrayente en la propuesta.

Lo que allí se muestra, más allá de la situación política de entonces (había una dictadura, hoy no), sigue ocurriendo. ¿Es eterna la corrupción? ¿Vislumbrás una vía para erradicarla definitivamente?

Maneras de combatirla hay, pero la corrupción es inherente al ser humano, por lo tanto cuando vemos que se combate, a veces es real y otras pour la gallerie. Muchas veces vemos juzgarse ciertos hechos de corrupción, pero constantemente advertimos cómo se sigue operando (de forma descarada, en ocasiones) desde la más absoluta ilegalidad. Yo creo que la tentación es muy grande, y está claro que el poder corrompe. No me refiero solamente al poder político, sino a todo poder. Por eso, aunque pensemos que las investigaciones más concienzudas podrían llegar a buen fin, lo veo muy difícil, porque si uno mira cualquier época de la historia advierte que la corrupción siempre estuvo allí. Lo que debería evitarse es que la corrupción no dañe los tejidos sociales importantes para seguir confiando en que el país donde uno vive todavía tiene un futuro viable.

¿Los actores pudieron improvisar, o Federico fue riguroso en el respeto al texto a la hora de dirigir?

Federico es un director muy preciso para pedir, y eso un actor debe agradecerlo siempre. Yo trabajé con él sólo acá, pero me bastó para darme cuenta que es un cineasta muy minucioso, y que conoce mucho de actuación. Para un actor eso es tranquilizador, y más allá que hubo ensayos previos en Buenos Aires, lo que saco en limpio de mi profesión es que en el cine la última verdad está en el set. Todo el trabajo previo opera como una forma de conocerse con el director y entre los compañeros de reparto, para llegar a un punto de contacto en cómo ver a cada personaje. Más allá de eso, Cote planteó en forma muy atinada ensayar la escena de la cárcel, porque es crucial en la película, ya que ahí se juega el destino del protagonista, de mi personaje y del film, que a partir de entonces deambulará por otras aguas. Improvisaciones no hubo: los textos se respetaron. En los ensayos fuimos probando una serie de estados emocionales diversos, pero las escenas y los diálogos en sí mismos no fueron modificados.

¿Tu preparación como actor es la misma si tenés que hacer un personaje positivo que si te toca personificar a un villano?

No, porque son vidas distintas, son pensamientos e ideologías diferentes, tenés que ver cómo congeniar tu idea de ellos en relación a cómo vas a abordarlos. No es lo mismo un héroe que un villano, son mundos y cabezas muy diferentes. Es uno el que no cambia. El actor lo que hace es prestar su cuerpo y su energía a distintas personalidades. Lo bueno de hacer un villano es que podés destacar su maldad para dejarla expuesta, y de alguna manera poderla combatir con mejores armas. Cuando se da el caso, como en Así habló el cambista, de humanizar al personaje dándole oportunidad de entenderlo mejor, es fantástico. Después de La caída, donde Bruno Ganz era Hitler, no pudo mostrarse el Mal de otra forma que no sea la humana. Lo digo en relación a los intérpretes, porque vos ahí veías a un Hitler humano, que amaba, tenía emociones, se enfermaba, se llenaba de ira, se preocupaba por su perra y también mandaba matar personas. Cuando se mira El Padrino ¿por qué uno toma partido por Marlon Brando? Por eso, porque se lo ve despiadado y a la vez muy humano.

Es que los villanos siempre son mucho más atractivos que los héroes impolutos.

Sí, y ahí habría que analizar a la sociedad, por qué esa atracción por la maldad. A mí me resulta muy atractivo componer villanos, sobre todo cuando uno tiene elementos para mostrar sus quiebres, sus emociones, sus amores, porque tampoco sirve hacer villanos de una sola pieza. Esos no existen en la realidad. Eso se ve muy claro en Así habló el cambista: cuando Hendler entra en un período de inacción le falla el corazón. Allí, en su devenir cotidiano, hay algo emocional en su conducta, y eso no sólo lo muestra a él como un ser más complejo, sino que permite al espectador decodificarlo de otra manera. Nos permite dar cuenta que el villano puede ser cualquiera, el actor que da la entrevista, vos que la tomás o el tierno abuelo que comanda una familia mafiosa. Cualquiera y todos. Eso coloca al espectador en una situación de peligro, por eso los villanos bien hechos son fascinantes. Y generan mucha incomodidad…

Luis, has hecho cine, teatro y TV. ¿En cuál de los medios te sentís más realizado?

Son lenguajes diferentes, cada uno impone sus reglas, naturalezas y tiempos. A mí me gusta mucho actuar. Yo nací en Rosario, y hasta que me trasladé a Buenos Aires a los 24 años mi desarrollo fue teatral, porque en Rosario se produce cine en forma escasa, y la TV no incursiona en la ficción. Cuando me mudé a la capital advertí las infinitas posibilidades que brinda al intérprete el lenguaje audiovisual. Eso me resulta primordial, porque es tan vasto el abanico que no hay forma de aburrirme con lo que hago.

Se nota. Se te ve muy cómodo en todos los ámbitos. Hay colegas que funcionan mejor en un lugar que en otro, y a vos se te ve bien en las tres vertientes.

Contradictoriamente a lo que se piensa o se dice, la TV es el lugar que me parece más exigente. Si no sos bueno en lo que hacés, la TV es quien te delata mejor. Es cierto que el teatro tiene algo donde el actor despliega y concentra una serie de energías personales que en el cine y la TV aparecen como algo mucho más compartido…

El teatro genera una magia muy particular, porque hacés el texto de principio a fin y así vas viviendo la aventura del personaje. Además, tenés a la gente al lado.

En ese sentido es único el teatro, pero en la TV si uno no conoce muy bien cómo es su lenguaje, si no se aprende a convivir con todo lo que te rodea, puede resultar difícil. Te diría que para el actor la TV es un ejercicio como no hay otro. En TV es como si fueras un soldado en guerra permanente, porque estás al lado de fuerzas que no tienen que ver contigo específicamente: ambientadores, vestuaristas, sonidistas, camarógrafos, todos en el mismo momento a tu lado, bombardeándote con sus demandas mientras vos estás componiendo un personaje. Esas cosas en el teatro existen en la previa, no durante la función. El teatro te lleva a concentrarte desde el silencio y la introspección. La TV es todo lo contrario: exige enorme capacidad de concentración en la adversidad.

¿Y el cine?

El cine es un lugar intermedio. La situación es similar a la TV, pero sin la urgencia que requiere el producto para pantalla chica. Hay una preparación de la escena que en TV no puede darse, porque no darían los tiempos. Sea como sea, a mí los distintos lenguajes me dan una sensación muy grata de movimiento. Yo combino todo siempre que puedo. He hecho cine, teatro y TV al mismo tiempo. Es enloquecedor, pero me fascina eso.

¿Es más difícil construir un personaje en cine que en teatro? Porque en cine llegás alegre de tu casa y de repente te toca hacer una escena dramática sin preparación previa.

Dicho así puede hasta parecer bastante psicótico, pero algo de eso hay. Fijate que capaz que llevaste a tus hijos al colegio a las ocho de la mañana, a las diez estás llorando desgarradoramente y al mediodía te fuiste a almorzar con tus compañeros. De todas formas el teatro también tiene lo suyo, porque exige una triple combinatoria de cuerpo, mente y voz que durante la representación te chupa toda tu energía. Sea como sea, no puedo estar mucho tiempo sin actuar. Tuve que aprender a respetar eso en mí. Hubo un momento en que me plantee parar un poco, y de hecho intento siempre ser yo el que encamino mi carrera, no que las cosas me lleven a mí, pero estar parado no puedo. Eso está vinculado a la necesidad imperiosa de actuar muchas horas por semana. De lo contrario termino por no hallarme a mí mismo. Para mí actuar es fundamental.

¿Y que será de Machín en los próximos meses?

El 16 de noviembre voy a estar en Montevideo con El mar de noche, un unipersonal de Santiago Loza que hago desde hace tres años. Muy pronto se estrenará una serie de diez capítulos que adapta para TV la película de Hitchcock Para atrapar al ladrón. Es una coproducción de Viacom y Telefé rodada en Barcelona y Buenos Aires. Además estoy filmando una película llamada VIP, pero en esa área estamos con enormes dificultades económicas porque en mi país el INCAA no otorga créditos desde hace más de un año, excepto para producciones que garanticen a priori un éxito seguro. Eso hace que el cine de autor haya sido jaqueado. De hecho, una película que iba a empezar a rodar a fin de año se postergó por falta de dinero. Estamos viviendo momentos de zozobra ya que se ha burocratizado todo enormemente. Es una lástima, porque el cine argentino estaba pasando por una muy buena etapa.

//pagead2.googlesyndication.com/pagead/js/adsbygoogle.js
temas:
Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".