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Uruguayos por el mundo por Nelson Di Maggio

Uruguayos por el mundo por Nelson Di Maggio
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La anestesiada cultura uruguaya, incapaz de preguntarse y menos responder sobre su situación agónica actual, en especial su comportamiento ético, sigue indiferente a los grandes momentos de la historia del arte nacional. No celebró el aniversario de Joaquín Torres García ni el período áureo de su arquitectura. El Museo de Arte Moderno de Nueva York se encargó de enmendar esos escandalosos olvidos. Habrá que pensar seriamente en viajar al exterior para saber de la comarca. Esta introducción fue escrita hace dos años. No es el autor de esta nota el que se repite; son las situaciones que se repiten.

Sin mayor repercusión en los siempre desatentos medios de prensa locales, son varios los artistas uruguayos que andan por el mundo. El más resonante es Joaquín Torres García: más de 300 obras en el Centro Cultural La Moneda de Santiago de Chile. Un sencillo comunicado publicado la semana pasada en Voces y ninguna información posterior. En el correr del año transcurren los centenarios de Julio Alpuy, Antonio Frasconi, Alberto Breccia, Leopoldo Nòvoa y Mario Lorieto, personalidades mayores del arte nacional. Silencio absoluto. El primer pintor uruguayo Juan Manuel Besnes e Irigoyen tiene fecha para memorar: el 13 de julio se cumple el 230.o aniversario de su nacimiento. Silencio. Un año indiferente a grandes oportunidades perdidas para conocer más y mejor la historia del arte local tan deficientemente escrita y conocida. El Ministerio de Educación y Cultura (mec) debería considerar esta anómala indiferencia y corregirla lo antes posible. Para democratizar el conocimiento del arte y su actualización permanente.

Bienal conflictiva

La XIII Bienal de La Habana debió efectuarse en 2017; lo impidió la aparición del huracán Irma, uno de los más devastadores de la región caribeña. Se realiza ahora, bajo otras situaciones tormentosas, del 12 de abril al 12 de mayo. Coincide con el 500.o aniversario de la fundación de La Habana. El epicentro continúa siendo, como de costumbre, el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, diseminado en esta oportunidad por treinta puntos de la ciudad y en tres provincias del país (Pinar del Río, Cienfuegos, Camagüey), una dispersión que, como acostumbran otras congéneres, resulta muy fatigosa para el visitante extranjero. Una galería a cielo abierto por seis kilómetros de calles céntricas hasta el famoso malecón habanero. Nelson Herrera, director de la nueva edición, cuenta con la importante participación de 52 países de los cinco continentes, ya ausentes los fulgores y la difusión de tiempos lejanos, en un país dictatorial acosado por la crisis económica, la perdurable censura y las siempre condenables medidas bloqueadoras de Estados Unidos. La cubana Tania Bruguera, una de las estrellas internacionales con muestras consagratorias en el MoMA, New Tate y otros grandes centros internacionales, tuvo la prohibición de salir del país y ha sido, al igual que otros colegas, arrestada y liberada muchas veces. Impedida de hacer instalaciones públicas, lucha permanentemente por la libertad de expresión contra el decreto 349 que legaliza la censura cultural en cartas de denuncia que se difunden solo en el exterior. Son informaciones que se conocen fuera de Cuba, pues las comunicaciones por Internet son privilegio de pocos usuarios.

No obstante las conocidas restricciones del régimen unipartidista cubano que aún mantiene, pese a todas las limitaciones democráticas, la prolongada atracción de una gesta que al principio pareció revolucionaria para diluirse y marchar, en poco tiempo, hacia el desencanto, es admirable la capacidad de hacer una bienal de arte, diferente, innovadora en su apuesta hacia los países latinoamericanos, africanos y asiáticos, tercermundista (cada vez menos) desde hace 35 años. Esa férrea apuesta a la cultura es uno de los signos distintivos —al igual que la medicina— que admite una paradojal actitud positiva al permitir que la población conozca bienalmente y por poco tiempo algo de la mejor producción internacional con figuras de primer nivel. Cuenta con apoyo incondicional de determinados países, empresas o ilustres fortunas que facilitan los costosos catálogos, los desplazamientos de los invitados y su estadía.

Invitado directamente por Margarita Sánchez Prieto, miembro del equipo curatorial de la bienal, quien al no poder visitar Uruguay seleccionó a Fernando Foglino por Internet y le propuso enviar un proyecto que sería, luego de estudiarlo, aceptado.

Evidencia es la instalación de Foglino, ubicada en una amplia sala del Centro Wifredo Lam. Consiste en once esculturas y dos videos. Es la continuación de una investigación sobre la vandalización de los monumentos públicos y sus partes faltantes (la lanza de Vaimaca Perú, la maza de Abayubá, el dedo índice y el sable de Hernandarias, las manos y pies de La meditación). Esta investigación fue posible gracias al material del Archivo Nacional del Patrimonio 3D en proyectos de escaneo de monumentos públicos que sirvió para trabajar sobre las ausencias. Un problema local y universal. «Decidido a contraponer el concepto de vandalismo y manifestación colectiva a través de un personaje ficticio (que soy yo mismo) que robó todas las partes de los monumentos. El trabajo fue crear la parte faltante a través de las fotografías. Estas simulan bañadas en oro. Lo simbólico de cada parte sirve de trampolín para abordar tres ejes: colonización, patriarcado y dictadura. Llevé a la bienal las lanzas de Ansina, la maza de Abayubá, el dedo índice y el puñal de Hernandarias, la mano con vasija de Hebe (diosa de la juventud) y las manos y pies de La meditación. Dejé de lado, por falta de tiempo, de otros monumentos, los cuernos de los bueyes de La carreta, por ejemplo)», explica Foglino. Y agrega: «Cuando sucede algo en un monumento público la prensa titula que es vandalizado para la venta de bronce, pero yo pongo el contrapunto de la idea frente a una plaza pública llena de gente una manifestación donde se tira abajo un monumento de un dictador». En una pantalla pequeña otro video alude a un monumento a John Lennon en La Habana que perdió numerosas veces sus anteojos.

Es difícil apreciar una obra compleja y en video sin la observación directa; la idea de Fernando Foglino Evidencia revela su capacidad de investigación y de invención formal inusuales. Tuvo su repercusión en la bienal habanera. Más allá de cualquier discusión, una fiesta temporaria, callejera y cultural se instaló en La Habana, momentos de disfrute con los extranjeros y de saber lo que pasa y se dice afuera de un país corroído y acorralado desde dentro y en angustiante precariedad.

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