Como suspendidas en el aire, despliegan una estática coreografía nudista. Sus sonrisas seductoras son un canto a la alegría de vivir. “Amplias caderas, pie fino y breve; / las dos colinas de rosa y nieve…”, los líricos encantos de sus cuerpos, que emanan los voluptuosos perfumes de Afrodita, una incitación al amor.
Viéndolas, el hombre se imagina que una hechicera noche de carnaval, al ritmo de una cuerda de tambores, embriagadas y palpitantes, descenderán para arrastrarlo en una desenfrenada danza hasta el amanecer cuando, tras un postrer giro, dando un brinco sutil, retornarán a su sitio en las alturas. Y completa su fantasía ensoñando que, aunque de allí en más continuará con sus asuntos terrenales, algo habrá cambiado; pues, luego de aquel abracadabrante pas de trois, por ensalmo, las cuitas que lo acongojaban habrán desaparecido para siempre.
(Ubicación: Gonzalo Ramírez 1988)







